El día más largo del año

No, no es el solsticio de verano, aunque no estamos lejos. Reseteamos el contador. Aquí vamos otra vez.

El sol salió a despedirme y a las tres de la mañana el club de la pijamada culminó su última sesión.

Club de la pijamada: tres dudes y yo después de cinco noches de encierro en la habitación 829, donde hasta me cepillaba los dientes aunque la habitación no fuese mía. Rutinas para mantener la cordura.

El equipo entero: seis argentinos, un colombiano viviendo en Polonia y yo, que soy una half blood entre venezolana y colombiana con tendencias a adoptar cualquier acento que me guste mucho (dígase el mexicano, argentino, español), así que mi cantar mutó durante estos días.

Estoy viajando en el tiempo hacia el pasado para repasar los últimos cinco días que viví con euforia. Los edito en mi cabeza como M., mi editor y realizador audiovisual para este proyecto, que corría a cumplir en tiempo récord con las entregas para cada día.

Posts in feed, cinco stories, un video de resumen del día, tres idiomas, una versión sin textos y los diferentes formatos. 2:00 am a dormir que a las 6:00 am empezaba el voleo otra vez.

Con M. bromeaba que si le daba la luz del sol se desintegraría. Su estación de trabajo la instalaba donde fuera. En la habitación del hotel con dos mesitas auxiliares, extensiones, montones de cables, tarjetas de memoria, su laptop, una pantalla adicional y en la punta de los dedos no había huellas dactilares sino shortcuts de Premiere. ¿Es posible tener memoria táctil y visual en los dedos? Ya los movimientos son involuntarios cuando tu cabeza sabe qué hacer.

Nuestra misión: la cobertura audiovisual de las finales globales de un torneo de fútbol para chicos y chicas. Un evento que se realizaba desde 2016 y que mutó debido a la pandemia, con una serie de recompensas que si me preguntan a mí, valen todos los esfuerzos.

— ¿De dónde eres?, ¿cuántos años tienes?, ¿en qué trabajas? — Preguntas que iban y venían con interés y que crearon nuevas conexiones.

Bajar la guardia para reír, volver al work mode en un parpadear. Estar ahí hasta la hora que sea para apoyar, dirigir, dar feedback, aprobar. El cansancio una droga que no queríamos tomar. El cansancio era la pastilla azul.

M. fue el primero en deducir que el agotamiento me da ataques de risa, cosa que me sorprendió. Lo había olvidado.

La última vez que tengo guardado un momento así en el disco duro de mi cabeza vivía en otro apartamento, maratonee una serie hasta las 5:00 am y luego, shockeada y cansada no podía parar de reír. A J., mi novio, no le molestaba, solo le parecía absurdo y me pedía por favor que dejara de reír para poder dormir. Me dolían los abdominales y se me salían las lágrimas y fue un momento muy pinche feliz.

Un viernes a la medianoche en París en un taxi que al dejar de moverse se apagaba el motor pasó de nuevo. Más tarde, en un bar de vidrios opacos y sucios se repetiría la escena y N. con solo verme sabía el detonante de mi risa incontrolable. ¿Cómo podía saberlo?

Cuando caminaba por Champs-Élysées a media noche pensando en lo rico de la libertad de estar tan tarde por la calle, sintiéndome como una pluma, regocijándome en esos pequeños placeres, tuve un momento de revelación y genuina sorpresa de “estás caminando a medianoche tranquila y feliz en fricking París”.

Ooh, stop
Ooh
Ooh
With your feet on the air and your head on the ground

¿Es esto una referencia a Where Is My Mind de Pixies? Claro que sí. ¿Es gratuita? No, aunque calce a la perfección. Es la canción que un dúo de bailarines tenía de fondo frente al Centro Pompidou que me atrajo hacia ellos mientras hacían su performance.

Mi visita a este museo se la debía a mi yo de ventitrés que vino por primera vez a París y se quedó sin conocerlo porque según mis papás lo que hay allí exhibido no-es-arte (lo siento padres, sigo en desacuerdo). Así que fui y me enamoré de su estructura y de sus entrañas. Fui y celebré el exponerse, querer darle un mensaje al mundo, el absurdo y por las veces que nos dicen que no se puede, por llevarle la contraria a las convenciones y hacer cosas increíbles. Por eso y por todo, el Pompidou se queda en mi corazón.

Desde otras latitudes, M. me cuenta datos de una leyenda del fútbol con el que tuve la suerte de trabajar y A. de F. Scott Fitzgerald, el Gran Gatsby y escribir en cafés parisinos. Me cuenta del amor, de atesorar recuerdos en los que creíamos con todo nuestro ser en el mejor escenario y yo le cuento de cumplir sueños que tal vez ni sabía que tenía.

Antes de eso, estaría yo bailando en los pasillos de la terraza del Pompidou con una luz irreal digna de “se la ponemos en post producción para que se vea mágico” mientras mis manos van haciendo ondas y todos a mi alrededor en vez de hablar francés, japonés e inglés repiten los coros de la canción que suena en mis audífonos.

Volviendo a este presente de unas horas que no son de París ni de Bogotá, en este limbo de un día interminable, me olvidé de él y un poco de todos. Me robé tiempo para escribir esto en completo desorden y atrapar los puntos como delicadas mariposas e irlos conectado.

- ¿Primera vez en París?
- La segunda.
- ¿Vino por turismo?
- Por trabajo.
- ¿Cree que volverá a París por ese motivo?
- No lo sé. Espero que sí.

¿Lo escuchas? Es un click.

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Como diría Alicia, la del país de las maravillas: A duras penas se quién soy. Se quién era cuando me levanté, pero he cambiado varias veces desde entonces.

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Carolina Ardila

Carolina Ardila

Como diría Alicia, la del país de las maravillas: A duras penas se quién soy. Se quién era cuando me levanté, pero he cambiado varias veces desde entonces.